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El problema es que el amor, si se considerase una droga, sería la más adictiva de todas, especialmente el enamoramiento inicial entre dos personas. Por eso, después de la enorme herida que te quedó al terminar aquello, volviste a buscarlo como un vagabundo con síndrome de abstinencia que no se resiste a nada, ni a nadie. El efecto narcotizante de esa sensación eufórica y mágica te invadía hasta el punto de que en todo y en todos volvías a revivir aquella primera aventura amorosa. Pero todo parecía una copia, una simple reminiscencia, como un dejavu de algo que era perfecto pero no pudo ser.

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Por eso necesitamos desaprender tantos prejuicios que nos hacen creer que un abrazo significa necesariamente que “somos algo más”, o que un beso no es propio de amigos, y es mejor dar dos. Hay tantas experiencias que nos perdemos, o regalos que no hacemos o no recibimos cuando no nos atrevemos a ser mal interpretados, o evitamos un excesivo afecto por miedo a molestar o a vincularnos demasiado… El abrazo de un amigo el día en que más lo necesitamos, o un beso rozando el labio de la persona que podría darlo en pleno centro, o la caricia suave de un padre a su hijo cuando se acuesta a dormir, o coger de la mano al abuelo que no quiere ya soltarla.

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El amigo que, en cambio, te respalda es el que te ayuda a coger la cuerda, te alarga la mano y te ofrece su hombro. Sabe que puedes salvarte, que eres capaz de conseguir lo que quieras y que aunque estés pasando un mal momento, tienes sabiduría, experiencia y creatividad suficientes para salir de ahí. Por eso, escucha más de lo que habla, y pregunta más de lo que afirma. Sabe que la respuesta correcta no existe, pero que si hubiera alguna, está dentro de ti. No te dice que hagas esto o lo otro, sino que te anima a que descubras lo que realmente quieres, y respeta tus decisiones aunque él no actuase como tú. Porque, en definitiva, un buen amigo te quiere como eres y con todas las decisiones que tomas.